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lunes, 26 de septiembre de 2016

Autorretrato lingüístico de un maestro un poco raro


Siempre he creído que no se me daba bien ni escribir ni hablar. Por alguna razón, estas formas de comunicarse no me habían hecho sentir muy cómodo. La escritura me resultaba lenta, monótona, farragosa y con muchas fronteras.

Sin embargo, tiene sus puntos fuertes que, con el tiempo he aprendido a valorar: su 'tempo' es muy adecuado para generar un argumento sólido, su construcción permite enviar un mensaje claro o rotundo o romántico o popular o privado.

Con las circunstancias, he aprendido a valorar las formas de comunicación que, cuando era estudiante, pasaba completamente de largo. Tengo que decir que no me ha tocado nunca un 'buen' profesor de lengua que me hiciese amar la asignatura y, sin embargo y una vez más, han sido las vicisitudes de la vida las que me han obligado a salir de mi zona de confort, las que me han sacudido y, a la vez, permitido adentrarme en mundos que nunca sospeché que podría ver: la escritura técnica para revistas tecnológicas, artículos para medios de comunicación, capítulos de libros para docentes...

Con el habla me ha sucedido algo parecido pero con una subida de adrenalina enormemente elevada que nunca sospeché que fuese atractiva. El hablar delante de la gente pasó de ser algo conflictivo interno a una experiencia personal compartida, de una sensación agobiante a un episodio placentero. El hablar delante de un público amplio y diferente es una de las muestras de exposición más provocadoras.

Si esto ya había sido complicado de por sí debido a mi forma de ser, en mi tierra tenemos nuestra propia (y preciosa) lengua que, en mi caso, de pequeño mis padres no utilizaban con nosotros pero que, con el tiempo y los círculos de aprendizaje en la escuela he aprendido y usado con ternura y, de la misma manera, he intentado que mi alumnado se acerque con cariño.

Curiosamente, con el inglés el acercamiento ha sido completamente diferente. En realidad siempre me había gustado (dudo mucho que haya sido el único loco que, de niño, se ha inventado las palabras cantando un inglés imaginario), y me había gustado tanto que intenté hacer filología inglesa después de haber terminado mi carrera, ganas que se me quitaron ipso facto desde el primer día al corroborar que aquel no era mi lugar para aprender (de eso se ocuparon bien los profes) y desistí de hacerlo vía 'ordinaria', convirtiéndome en un autodidacta del inglés. Lo que me vino muy bien cuando tenía que escribir sobre software que sólo existía en inglés o cartearme con desarrolladores americanos. Como se suele decir, hice de mi necesidad una virtud. Y ahora que me doy cuenta, ha sido la tecnología la que me ha permitido escribir más y mejor... ¡curioso!

Y pasados todos estos años, he podido ver en esos momento una luz interna cálida en la que me he sentido orgulloso de lo que transmito, de mis ideas, de mis pensamientos, y es eso en lo que se ha convenido la lengua para mi en cualquiera de sus formas, en un sistema increíble de conexión entre personas que emiten y otras que reciben, de unas que enseñan para que otras aprendan y ¿sabéis que es lo mejor de todo? que es bidireccional.
Yo cada día aprendo a leer y aprendo a escuchar... en castellano, en inglés y en gallego.

Aprendo a aprender.

1 comentario:

  1. De lenguajes sabes mucho, sobre todo del afectivo, Manel. Y si además eres gallego parlante no necesitas nada más para moverte por el mundo, ya que como dice O'Fraga, éste está lleno de gallegos. Un abrazo, amigo.

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