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lunes, 26 de septiembre de 2016

Retrato lingüístico de un Mudejarico

Mi infancia son recuerdos a caballo entre dos pueblos, entre dos lenguas… de olivares, aceite y almendras en el pueblo donde nací: Valjunquera, el Bajo Aragón de Teruel. Y de montes, chopos, pinos, mudéjar y minas de lignito en el pueblo donde viví mi infancia: Montalbán, en las Cuencas Mineras turolenses.
Cuando tuve eso que se llama uso de razón, me di cuenta de que, en mi pueblo natal, hablaban raro. Luego descubrí que a esa rareza la llamaban “chapurriau” y toda mi familia materna se comunicaba en aquella lengua con plena normalidad.


A mí siempre me hablaban en castellano porque en mi otro pueblo, Montalbán, lo del “chapurriau” no estaba muy bien visto. En los años 60, en aquella España ye-ye del desarrollismo, no es que fuese muy “popular” hablar esa lengua “vulgar”. Pero en Valjunquera, a mi familia materna y a los amigos, siempre se les escapaban palabras, frases y bromas en “chapurriau”. A mí me encantaba oírlas y repetirlas. Una de las primeras frases en esa lengua que recuerdo fue “pobre moixó” (¡pobre pájaro!) La pronunció un amigo de mi tío Miguel que me encontró en la calle, al descubrir como estrujaba en mis manos un gorrión que había rescatado malherido de la tierra dura de la calle. Supongo que el buen hombre pensó que era mayor el mal que yo le infringía con la fruición de protegerlo, que el propio daño del sufrido animal.


En aquel ambiente rural, sobre todo en la época estival, antes que las lagartijas descubrí las sargantanas. Con los amigos jugábamos al tello y con la galdrufa en la lonja o en la Plaza del Sechá. Cuando teníamos sed bebíamos en la pichella. La mujeres escombraban las calles con frecuencia (Valjunquera tuvo varios premios de embellecimiento provincial) y cuando decíamos tonterías o molestábamos a los mayores, nos decían “deixeu de di tontaes i aneu a escaparrar”. Cuando llegó la gaseosa mi abuela me decía, cierra bien la botella que si no “se esbafa”.
Yo tenía un amigo muy delgado y de no muy buena salud y cuando querían referirse a él me decían: ese amigo tuyo que es tan “arguellau” y tantas otras palabras hermosas y distintas que fui sumando a mi diccionario personal.


Cuando fui creciendo y avanzando en los estudios, fui descubriendo que algunos se referían al chapurriau como un catalán mal hablado. Otros, por contra, decían que era castellano mal hablado. Los más cultos la definían como un dialecto… y, casi siempre, hablaban de ella en sentido peyorativo. ¡Qué atrevida y qué triste es la ignorancia!
Hoy, desde hace más de treinta años, vivo y trabajo en Cataluña y hablo y escribo con plena normalidad el catalán (con un cierto acento de la Francha, eso sí). Me considero afortunado por poder manejar las dos lenguas con soltura y reconozco que mi chapurriau me sirvió de base para aprender el catalán.


Tristemente, en pleno siglo XXI, seguimos despreciando la riqueza cultural de nuestros pueblos y  enfrentándonos a aquellos que hablan distinto a nosotros aún formando parte de la misma zona de cultura común que es esta piel de toro. En ocasiones me apena reconocer la sabiduría que encierra frase de Max Weinreich, un filólogo especialista en esa otra lengua milenaria, el yiddish,  cuando decía: "una lengua es un dialecto con ejército y armada".

Ojalá llegue un día en que las lenguas sean entendidas como un patrimonio precioso que debemos cuidar y conservar en lugar de armas políticas de destrucción masiva y de aplastamiento de la fuerte sobre la débil.
"Nemo patriam quia magna est amat, sed quia sua" 
(Nadie ama a su patria porque sea grande, sino porque es suya)
-Séneca-
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Créditos de las imágenes:


1 comentario:

  1. Has cerrado tu autorretrato con un noble pensamiento. Ojalá llegue pronto ese día.

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