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lunes, 26 de septiembre de 2016

Los boliches de doña Kika




Agradezco a Mercedes que me permita expresar en palabras la memoria emocional de mi acervo lingüístico (¡qué fino ha quedado eso de acervo!). Se lo agradezco porque rememorarlo representa para mí un placer inefable, un gozo casi pecaminoso. Mientras trazo estas líneas me asaltan recuerdos vívidos de mi abuela Kika, un diccionario andante. Mi abuela sabía palabras que mis maestros no utilizaban en la escuela; quizá por eso dudaba de su autenticidad, pero al buscarlas en el diccionario descubría que realmente existían, que no eran fruto de la imaginación de La Kika. A menudo sus palabras aderezaban expresiones que ya son su marca registrada, como echar los boliches a roar, que dicho en prosaico no es otra cosa que caerse. ¡Qué bien sonaba en boca de mi abuela! Descubrir aquellas palabras convertía en insustancial la voluntad de utilizar las palabras del colegio. En cuanto soplaba una nueva, iba directo al diccionario a comprobar su veracidad, cada vez con menos esperanza de cogerla en un renuncio. Quizá a fuego lento, como quien no quiere la cosa, mi abuela alimentó en mí el cariño por las letras que hoy disfruto.

Kika, doña Francisca, perteneció a una generación forjada en el tajo de la vida, resiliente como se dice ahora. Extremeña de Alburquerque, fue una de las pocas mujeres que sabía algo de letras y mucho de coser; todavía joven partió con casi nada, marido e hijos, a Euskadi, cuando aún era Las Vascongadas. Mi abuelo empezó de peón en los Altos Hornos y acabó de capataz, quebrado y con un cáncer que no amilanó un milímetro su carácter indomable y cascarrabias (a veces pienso que heredé sus complejas virtudes). Resulta paradójico cómo aquella generación iletrada, sobre todo las mujeres, condenadas a cuidar de hermanos pequeños y padres, y después de sus maridos, sin aliento para soñar otro futuro, poseían en herencia un vocabulario tan extenso y cuidaban de dichos, refranes y expresiones que vienen de largo y un día se las llevará el viento (si es que ya no se han ido), y nuestra generación de jóvenes, a pesar de disponer de medios y escuela que les ilustre, van acortando su diccionario hasta dejarlo en un tuit monosilábico, un eco gutural desganado, un silencio.

También yo me crié en Euskadi, aunque por entonces aprender vasco era opcional e inusual entre los emigrantes que poblaron a millones esta tierra para dejarse la vida en los Altos Hornos o en la mina. Sin embargo, muchos de los hijos de aquellos emigrantes no tardaron en adaptarse al clima cultural y político de los 70, pasando a formar parte de las bandas de abertzales que bebían a litros sus kalimotxos en las herriko tabernas y aparentaban ser más vascos que Sabino Arana a base de despotricar frases hechas que no entendían, con tal de integrarse en su grupo de amigos. Vete a saber por qué no acabé formando parte de aquel inquietante microclima. Años después, al volver de visita a Euskadi, supe que muchos de aquellos que fueron mis amigos de infancia, acabaron presos y sin futuro. La calle donde vivía era un mini Bronx, formado por emigrantes andaluces, gallegos y extremeños, de los cuales muchos acabaron en las filas de la kale borroka.

Por entonces era un niño absorto en su imaginación, ausente en su mundo, por suerte ajeno al ruído del entorno, y mal alumno, de esos que teñían de rojo el libro de escolaridad del colegio salesiano. Mi euskera se resumía a saber los números de carrerilla (bat, bi, hiru, lau, bost, sei, zazpi...), el padrenuestro (gure Aita, zeruetan zerana, santu izan bedi zure izena...) y el significado de algunas calles. La mía pasó a principios de los 80 de General Dávila a Karranzairu (3 de Carranza), de empedrada a asfaltada, de apenas tener coches a no poder jugar en ningún rincón. El mismo año en que me vine a vivir a Extremadura, el 82, el del naranjito, se obligó en las escuelas a aprender euskera; antes solo era voluntario en las ikastolas.

En Extremadura pasé a ser el adolescente que habla raro, madrileño decían algunos, muy fino, sin el descendente final de frase del pacense. Poco a poco se me fue acamaleonando el acento. Pero los boliches de doña Kika y el carácter noble y adusto del vasco los conservo a recaudo, maridados con la sana despreocupación del extremeño. Solo hablo español, mi inglés es de libro, pero mis emociones son políglotas.

4 comentarios:

  1. Genial. Leído como el que lee tus dibujos. Corazón, fina ironía y una seria filosofía del que defiende lo auténtico. Un abrazo.

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  2. Ramón, me ha gustado leer tus vivencias. Me quedo con el final, fantástico!

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    Respuestas
    1. Gracias, Pruden. Todos hablamos el lenguaje de la memoria.

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