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lunes, 26 de septiembre de 2016

Autorretrato lingüístico: del arriateño al braille.

Hace más de 44 años que vi por primera vez la luz, en Ronda. Aunque soy Arriateño, el hospital comarcal me acogió, y allí oí los preciosos diminutivos con musiquilla que me brindaban mis padres: "Ay, qué chiquitit-to es mi niño".

Chiquitit-to se pronuncia como en dos tiempos, como dos palabras semiunidas. Todos los diminitivos de Arriate tienen ese soniquete. Será porque Arriate también es un pueblo "chiquitit-to" donde la alegría de sus gentes se traduce en un habla fuerte, gruesa, densa. 
La primera vez que llevé a un amigo de nuestra capital, se asustó al oír a mis convecinos haciendo "chascarrillos" a viva voz. Pensaba que andaban discutiendo...

Arriate: Imagen de José Manuel Ordóñez

Antes de que mis padres tuviesen que buscarse mejor futuro en la gran Capital, tuve tiempo de ir absorbiendo esa forma de hablar característica del pueblo: el ceceo, la h aspirada, los diminutivos, los recortes de palabras que tanto dinamizan una conversación (ira: por mira; que clae coita: por que clase cosita...). Esta idiosincrasia de su lenguaje me sigue acompañando hoy y se ha convertido en mi orgullosa habla mestiza de sitios y lugares.

Aprendí que una frase se puede acortar hasta convertirla en una única vocal. Si dos personas se cruzaban en sus empinadas calles, se podían oír sus minúsculas conversaciones: - Eeee?-  Decía el primero. Dice la leyenda popular que esta expresión se traducía en -¿Adónde?.
Según la dirección que llevase el segundo podría contestar con un -Aaaa-, si su dirección era "cuesta arriba" o "allá arribota"; o por el contrario un -Ooo-, si se dirigía "allí abajo". O "allí abajote".

Al vivir en Málaga aprehendí el lenguaje y las jergas de sus lugareños que tan bien ha definido Ana Cid en "Las lenguas en la ciudad del paraíso". Allí realicé la mayor parte de mis estudios básicos adentrándome en el uso y disfrute del lenguaje, en su conocimiento a través de asignaturas como Lengua, Latín y Griego, con aquellos magníficos profesores que me engancharon a escribir todos mis pensamientos en un diario, a escribir historias, cuentos, relatos... 

Y así fui como aprendí a valorar la inmensa grandeza del lenguaje de Arriate, con palabras en desuso en la capital y que ellos habían mantenido en su lenguaje coloquial, preservando nuestra riqueza lingüística.

Y al seguir avanzando en la vida, fui deambulando de un sitio otro para estudiar, trabajar y "ganarme el pan" sin ningún rumbo establecido. Pero me permitió vivir en Antequera tres años, y aprender a reconocer su "c" aspirada que casi se convierte en "j", su cancioneo en las frases y su áspero acento del centro neurálgico andaluz. 

Por otros menesteres ajenos a mi vocación dormida, viajé por toda España como Agente Comercial, que era el nombre fino de Vendedor de Libros. No eran visitas de ocio, pero eso me permitió conocer costumbres, hablas y lenguas diferentes y ricas, convirtiendo mi propia herencia lingüística en pequeñita; descubriendo el valor de la diversidad y las múltiples formas de expresión de nuestro país.

Casi sin darme cuenta me encontré matriculado en Educación Especial rondando ya la treintena de mi bagaje sin rumbo. A mi edad me llamó la atención la fascinadora forma de expresarse de las personas con autismo. Guiado por los sabios consejos de mi hermana -docente desde siempre y con el deje arriateño que nunca la ha abandonado- descubrí mi vocación. Quería acceder al lenguaje de estos niños y niñas, me apasionaba su diferente forma de expresarse en un mundo oral. 
Esta curiosidad me llevó a ser maestro de PT aunque el destino me guardaba otro camino muy diferente: ser maestro de ciegos
Al final me he convertido en un conocedor en profundidad del código braille, que si bien no es una lengua, si permite expresar por escrito lo que una mente sin imágenes quiere expresar. Y lo consiguen de forma diferente, con expresiones únicas y propias de un universo imaginario basado en el tacto y la palabra.
Siempre he dicho que sería capaz de reconocer a una persona ciega sólo con oírla expresarse. 

Imagen tomada de blog Movernos

Ahora soy maestro y vecino adoptivo de Salobreña, trabajo con sus niños de baja visión o ciegos y comparto risas, amistades y familia con sus lugareños. 
Aunque tienen su deje típico y soniquete peculiar, me alegró ver cómo existían palabras homónimas que usábamos estando tan cerca Málaga de Granada: níspora - níspero, chirimoyo- chirimoya... Variedad lingüística en apenas 100 kilómetros. 
Aunque me quedo con expresiones tan autóctonas como: arcagüei (cacahuete), tapío (manta), farfolla (fanfarrón), esabrío (soso) o cogiura (recolecta).

Cuando vuelvo a Málaga, cosa que hago con mucha frecuencia, me dicen mis familiares que hablo como los de Salobreña. Y esa es la grandeza del lenguaje y de las lenguas, que seamos maestros, agentes comerciales, ciegos o con autismo, papás o hijos, siempre absorbemos algo del sitio que nos acoge y lo añadimos a nuestro acervo cultural que nos hace únicos.

Antonio Márquez (@AMarquezOrdonez)

2 comentarios:

  1. Antonio es único. Y me emociona tanto que le he adoptado como mi hermano virtual. Es único porque le llama la atención la fascinadora forma de expresarse de las personas con autismo. Eso solo lo hacen las personas especiales. Y luego se hizo maestro de ciegos..y aprendió Otro código, el braille, para seguir expresando de forma especial.
    Autorretrato especial de un maestro especial.

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  2. Gracias hermano. Así fue, el mundo del autismo me fascinaba entonces y me fascina ahora mucho más. Sigo estudiando y investigando sobre ello, aunque mi trabajo no sea sobre este tema. Ya ves, el destino nos envía donde menos esperamos. Gracias por tus palabras.

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