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lunes, 26 de septiembre de 2016

Autorretrato lingüístico: somos lo que hablamos


- Tienes un acento raro... ¿De dónde eres?
- ¿De dónde soy? Pues no lo sé, un poco de todos los sitios en los que he estado...
En realidad, nací en Montilla, un pueblo de la campiña cordobesa, aunque allí pasé apenas tres años de mi infancia. Después vine a vivir a Valencia, a esos pueblos del extrarradio que se nutrían del aluvión de mano de obra andaluza, extremeña o manchega: Sedaví, Alfafar, Benetússer... En un colegio nacional, bien mezclado con gentes de todos los orígenes (no había inmigración foránea, pero sí muchísima de otras regiones de España), pude empaparme de la rica diversidad lingüística de nuestro territorio. Por un lado, tenía a mi familia andaluza, contagiada en parte por una breve estancia asturiana en la que vinieron al mundo mis hermanos junto con palabras como "guaje", "caleyu" o "chigre". En ese entorno andaluz se forjaron expresiones como "llevar el jarapillo fuera" cuando no te metías la camisa por dentro, o "ponerse el saquito" cuando hacía fresco; "pasar la gofifa" para fregar el suelo o "subirse a cucurumbillos" cuando mi hermano mayor me llevaba sobre sus hombros; "trompo" por peonza, "guita" por cuerda, "alcancía" por hucha, "rebate" por escalón o "refinao" por insolente, fueron muchas de aquellas palabras que apenas he vuelto a usar fuera del ámbito familiar.
Por otro lado, en el contacto con las gentes de Valencia, empecé a incluir palabras de otra lengua que me costaría años asimilar, ya que llegué al sistema escolar antes de que se normalizase el Valenciano, de modo que tuve que buscarme la inmersión mucho tiempo después. Fue precisamente cuando hice Filología Hispánica cuando decidí apuntarme a la línea en valenciano (curioso ¿no?) y obligarme a la inmersión para escuchar y hablar con los compañeros en esa lengua que me había adoptado. Porque lo que tengo bien claro es que somos lo que hablamos y no hay otra manera de pertenecer a una comunidad; hablar más de una lengua es siempre una riqueza cultural y vital. Por eso me cuesta tanto entender las defensas a ultranza del monolingüismo, que suelen esconder más intransigencia que respeto a la diversidad. Gracias a aquellos años de inmersión, soy bilingüe en las lenguas oficiales de esta comunidad. Ojalá hubiese tenido ocasión de sumergirme en otras dos o tres lenguas para poder hablar más, para seguir teniendo esa duda de no saber de dónde soy, pues pertenecería a un mundo mucho más amplio y rico. Todo se andará...

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